Fluir.
El hecho de escribir siempre me ha producido una tremenda paz y una indescriptible furia (lucha titánica entre razón e imaginación). Es como dar rienda suelta a tu imaginación, permitir que las palabras fluyan: desde tu cerebro, naden por tus venas, surquen tu propia sangre y se fundan con el papel. Como un pianista que toca con pasión una pieza, dejo mis manos relajadas, y toco. Y toco. Y llega un momento en el que no soy capaz de distinguir la realidad de la imaginación. Y cierro los ojos, perdiéndome en ese mundo que yo misma creo para mi ser, para escapar de esta angosta, aprisionante, apática vida.
Fluyo, y fluyo, y fluyo. Las palabras me conducen a tierras inhóspitas, a mares embravecidos, a ciudades perdidas y bosques encantados. Y fluyo, y fluyo. Escapo; huyo. Huyo, porque no me queda otra. Porque me niego a aceptar una vida llena de hastío, rutina, repetición; porque no. Escribo con los ojos cerrados, más en el otro mundo que en este y sumida en ese dulce sueño, fluyo. A medida que la fuerza de las notas cobra vigorosidad, fuerza, la narración se rebela, enloquece y me pierdo. Estoy perdida en un mar de tinta y palabras, notas y pianistas, pasión y hastío. Estoy perdida.
